"Los cuatro fueron martirizados por fuerzas paramilitares “por odio a la fe” y por su compromiso religioso y social con el pueblo salvadoreño entre 1976 y 1980, en el contexto de la dictadura del general Carlos Humberto Romero y la posterior guerra civil que azotó a dicho país hasta 1990".
El sábado 22 de enero del presente año fueron beatificados en la República de El Salvador el jesuita Rutilio Grande García y sus compañeros mártires Manuel Solórzano, Nelson Rutilio Lemus Chávez, todos ellos salvadoreños; y el franciscano italiano Cosme Spessotto. La misa fue presidida por el cardenal Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador. Los cuatro fueron martirizados por fuerzas paramilitares “por odio a la fe” y por su compromiso religioso y social con el pueblo salvadoreño entre 1976 y 1980, en el contexto de la dictadura del general Carlos Humberto Romero y la posterior guerra civil que azotó a dicho país hasta 1990. Grande, Solórzano y Lemus fueron emboscados y asesinados en el sector de El Paisnal, parroquia de Aguilares el 12 de marzo de 1977. El arzobispo de San Salvador, hoy san Óscar Arnulfo Romero, amigo del padre Rutilio, celebró la misa en el templo donde se velaban sus cuerpos, y se negó a asistir a ningún acto oficial mientras no se investigara el crimen y se sancionara a sus autores. El padre Rutilio nació el 5 de julio de 1928 y fue nombrado párroco de Aguilares, su parroquia natal, en 1972.
Cuenta el jesuita Rodolfo Cardenal, que presidió la comisión de peritos para la beatificación, que el Papa Francisco le aseguró que ya existía un milagro: “el gran milagro de Rutilio Grande es monseñor Romero”. Hacía alusión a la conversión del arzobispo a la causa de la defensa del pueblo salvadoreño perseguido y reprimido, no como una conversión desde el pecado, sino como un cambio radical desde una posición más bien prudente y diplomática hacia una postura de una defensa valiente y decidida de la vida y los derechos de los ciudadanos frente a los atropellos, que al final le costó también la vida a Romero el 24 de marzo de 1980. Sin duda que hay una estrecha relación en las vidas de estos dos testigos de la fe. Ambos provenían de familias pobres del interior de El Salvador; ambos fueron seminaristas menores muy jóvenes (en San Salvador y en San Miguel respectivamente); ambos tuvieron grandes sufrimientos (el padre Rutilio con crisis nerviosas y la diabetes, el arzobispo Romero ante la crisis política de su país y su enfrentamiento con las autoridades militares); ambos sufrieron el martirio, aunque en circunstancias diversas; ambos traspasaron su conocimiento, aprecio y devoción más allá de las fronteras de su país y son reconocidos en el mundo entero y son presentados como modelos de santidad para toda la Iglesia. El padre Rutilio, además, era el confesor del arzobispo. Romero fue beatificado en San Salvador el 23 de mayo de 2015 y canonizado en Roma el 14 de octubre de 2018.
El laico Manuel Solórzano, de 72 años, se caracterizaba por su amabilidad y honestidad. El joven Nelson Lemus, de 16 años, es recordado como un adolescente muy servicial, responsable y estudioso (“tenía el don de ayudar”, dice su hermana Dinora). Solórzano recibió diez balas en su cuerpo al querer proteger a sus dos compañeros; y Nelson recibió cinco balas en su cabeza. El padre Rutilio fue acribillado con dieciocho balas por parte de la Guardia Nacional. Sobrevivieron tres niños que los acompañaban en el vehículo parroquial cuando se dirigían a celebrar la misa. Los tres se convirtieron en profetas y mártires de América Latina, modelos fieles discípulos de Jesús y su Evangelio.
El padre Rutilio demostró su carisma formativo en el seminario, combinando sabiamente la exigencia con la comprensión ante los seminaristas. Supo crear una relación estrecha al interior del clero diocesano. Asumió de manera profética las conclusiones del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, en medio de una Iglesia tradicionalista y una jerarquía que consideraba esos documentos “radicales” y “extremistas”; y en un contexto socio-político de opresión, pobreza y secular falta de democracia. Se preocupó de evangelizar la religiosidad popular, favorecer la recepción dinámica de la Palabra de Dios inserta en la realidad concreta de las comunidades, predicar el Evangelio con una mirada de liberación de las personas y creando comunidad en una perspectiva profética, sin opresores ni oprimidos, resaltando la dignidad y los derechos de todos. En muchos sentidos, fue un pastor de avanzada y con “olor a oveja”, como diría décadas después Francisco. Motivó la responsabilidad de los laicos en general, y de los pobres en particular, en la transformación de las realidades sociales y eclesiales. Supo vivir de manera consecuente su fidelidad a Jesús y al pueblo de Dios que peregrina en su patria. La Compañía de Jesús celebró su beatificación, afirmando que la vida de estos tres mártires “fueron arrebatadas a causa de la fe que daba sentido a sus vidas y de la que se convierten en testigos por su sangre injustamente derramada”.
Nos quedamos, a modo de conclusión, con las palabras del R.P. Rodolfo Cardenal: “Rutilio Grande fue un sacerdote y un jesuita de dimensiones humanas y religiosas insospechadas. En su debilidad encontró su grandeza. La mayor parte de su vida transcurrió en silencio. No fue un estudiante brillante, ni se destacó por su liderazgo entre los jesuitas. En algunos momentos incluso fue víctima del menosprecio de algunos superiores y compañeros. Pero quienes lo trataron, encontraron en él una persona cercana, servicial y bondadosa. Los seminaristas y el clero descubrieron en él un formador, un consejero y un compañero comprensivo y amable, pero también firme y serio. Los campesinos encontraron también en él un sacerdote cercano, abnegado y cariñoso. En una palabra, Rutilio vivió su vocación jesuita y sacerdotal como “servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios” (texto entre comillas extraído de la Congregación General de la Compañía de Jesús”).
En la homilía fúnebre de los tres mártires el 14 de marzo de 1977, el arzobispo Romero expresó: “Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo, para identificarse con ellos, para vivir con ellos no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor”.
Las últimas palabras del hoy beato Rutilio fueron para dar cuenta de su negación a salir de su parroquia, a pesar del evidente peligro de su vida: “Que sea lo que Dios quiera”.
Fuentes:
• CARDENAL, R.P. Rodolfo: “Rutilio Grande: mártir de la evangelización rural”. En: MENSAJE, N° 706 de enero-febrero de 2022, Santiago de Chile; páginas 34-37.
• COMITÉS ÓSCAR ROMERO: “Padre Rutilio Grande. Profeta y mártir de América Latina”. En: “Documentos del ocote encendido”. 2017, Zaragoza, España; 32 páginas.
Pbro. Hugo Yáñez Canales