
Llegamos al Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. La Liturgia de la Palabra nos ofrece el testimonio crudo y conmovedor de siete valientes hermanos. Estos, ante la despiadada voluntad de un rey extranjero, y animados por su madre, deciden dar la vida antes que traicionar a Dios. Lo que los motiva al martirio es su fe en la resurrección. «Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por Él. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida», le dice uno de ellos.
Doscientos años después del martirio de estos hermanos, Jesús proclama esa misma fe: «Dios no es un Dios de muertos sino de vivos», nos dice en el Evangelio de este domingo.
¡Y nada mejor que esta enseñanza para iluminar lo que hoy celebra la Iglesia de Rancagua: 100 años de su creación como Diócesis!
Un centenario que fue testigo de notables y fecundas obras de apostolado.
Durante las primeras décadas, a sus tierras llegaron misioneros procedentes principalmente de Europa. Unieron fuerzas y carismas al clero local, y de ese modo lograron que estos campos fructificaran para Dios. Sin temor a los desafíos de la época, desplegaron las velas de la fe para que el anuncio del Reino se extendiera de igual manera a las zonas costeras y hasta los rincones más inhóspitos de la región. Ofrecieron también sus manos, para que las entrañas de la tierra dieran a luz riquezas más preciosas que el cobre, el oro y la plata.
A su paso, fundaron colegios, construyeron parroquias, asistieron a los pobres, curaron enfermos, dignificaron a los privados de libertad, acogieron a los descartados por el progreso, acompañaron a los trabajadores, a los migrantes y a las mujeres desamparadas. Y de esas mismas obras nacieron nuevos testigos y ministros para la Iglesia y el mundo, incluido el primer cardenal chileno, don José María Caro, hijo de los entonces modestos mares de Pichilemu.
Aquí, en esta centenaria diócesis de Rancagua, se forjó, por lo tanto, un patrimonio cultural religioso que no tiene comparación con otras zonas del país: una herencia que en sí misma es toda una catequesis y una revelación del rostro misericordioso de Dios.
Pero, además, esta Iglesia naciente alcanzó en poco tiempo un protagonismo social que terminó por enraizarse a la historia misma de la región e impactar en el alma de su gente. Porque a través de sus pastores, de líderes católicos y de prestigiosos colegios e instituciones educacionales vinculadas a ella, contribuyó al desarrollo de la cultura local, al entendimiento y diálogo político y a la dignificación de personas y trabajadores.
De esta presencia religiosa se nutrieron campesinos y ciudadanos, pobres y ricos, viejos, jóvenes y niños, mujeres y hombres. De una u otra forma, todos encontramos en esta Iglesia motivos y razones para vivir, oportunidades para crecer y, cuando fue necesario, el amparo ante el abandono y la muerte.
Fueron cien años de siembra, y cien años de cosechas.
Una Iglesia así de viva, con obras, experiencias y testimonios tan extensos y profundos como el mar que baña sus costas, solo puede ser el fruto de un Dios vivo. No existe otra explicación.
Y esto no es un dicho de cortesía ni, mucho menos, un guiño al cielo.
Es la conclusión evidente cuando miramos la viña completa.
Es cierto que nuestra diócesis ha dado racimos de uva de los cuales sentimos verdadero y sano orgullo. Y, también, que en sus campos han germinado doradas espigas de trigo.
Son numerosas las personas —laicos, laicas , religiosos, religiosas y pastores— que en silencio y santidad, en obediencia a Dios y en sana disponibilidad a la Iglesia, han sido auténticos discípulos de Jesús en el servicio a la gente.
Pero al mismo tiempo, nadie —a menos que pretenda esconder la verdad— podría desconocer que en esta misma viña ha habido racimos amargos, ni tampoco que en sus campos también han brotado cizañas, abrojos y espinas. De hecho, la historia reciente dejó al descubierto profundas heridas en muchos hermanos. Heridas provocadas por quienes debíamos acompañar y cuidar el rebaño de Dios. Heridas que hoy, de cara al bicentenario, deben convertirse en aprendizaje para ser una mejor Iglesia.
Son heridas que muestran verdades evidentes. Pero que ahora, sin embargo, vale la pena recordar:
Que esta Iglesia de Rancagua es fruto de un Dios vivo.
Que la Iglesia es más que sus pastores.
Que la santidad no es monopolio de los religiosos.
Que cuando pastores y consagrados hacemos el bien, solo cumplimos con nuestro deber (cf. Lc 17, 10).
Que donde abundó el pecado sobreabundó la Gracia (cf. Rm 5,20).
Que la vida puede más que la muerte.
Y que nuestras vergüenzas no hacen más que revelar que esta diócesis es fruto de un Dios que acompaña a su pueblo,
que no consiente el pecado,
que nos tiene misericordia
y que nuestra vocación solo tiene razón de ser cuando se une a Cristo, y para Cristo y para su pueblo.
Por eso, en este centenario, junto con agradecer a Dios, me parece justo que agradezcamos también a los laicos y laicas. Ya lo dije: los pastores solo cumplimos con nuestro deber. Por lo tanto —en concordancia con la conocida afirmación de San Agustín: «Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano»—, debiésemos temer la responsabilidad que nos cabe en los destinos de la gente más que gloriarnos en la investidura.
Pero no así los laicos.
Ellos no hacen votos ni promesas de nada.
Y, no obstante, en las últimas décadas del centenario han alcanzado un innegable liderazgo en la animación y sustento de la fe del pueblo de Dios.
Son ellos, los laicos, quienes regalan horas a Dios —en una consagración informal y muchas veces invisibilizada— para dedicarse a la catequesis, a la animación de comunidades, a sostener en el dolor, a levantar y mantener templos, a recaudar fondos para obras pastorales y sostener a sus curas.
Y como si ello no bastara, son estos mismos hermanos los que han soportado gratuitamente el peso del escándalo y la vergüenza; quienes, en los días más aciagos de la diócesis, nos animaron, en oración y silencio, a seguir creyendo y esperando.
¿En quién?
Pues en el Dios vivo que levanta a los muertos.
Y si hoy nuestra Iglesia de Rancagua se levanta, celebra y agradece, no creo equivocarme si digo que en buena parte, o en gran parte, se debe a ellos: a los laicos y laicas de esta tierra. A esos santos anónimos que día a día, sin cuello de cura ni sotana, continúan sembrando la tierra, el mar y la cordillera, para que las viñas sigan dando racimos de uvas dulces, y los campos, espigas más doradas que el sol.
Los obispos pasan, los sacerdotes pasamos, los consagrados pasan. Pero ellos quedan. Porque viven en la misma fe de Jesús:
Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.
Y si nuestra Iglesia vive, no se debe a nosotros, el clero, sino a ese Dios.
El Dios de Abraham, de Isaac y Jacob.
El mismo Dios que, en Jesús, nos mostró su rostro, que nos santifica en el Espíritu, que en María nos ampara y socorre con amor de madre, y que miró esta tierra rica y generosa para convertirla en fruto de su amor y en testimonio de vida eterna.
A este Dios confiamos también el futuro de la diócesis.
Para nadie es novedad oír que el mundo está cambiando a ritmos vertiginosos. Pero tal vez no todos seamos conscientes de que hemos creado formas de vida artificial que ya escapan a nuestro control, y están incidiendo en nuestros modos de vivir, de relacionarnos, de pensar y de sentir. Por lo tanto, repercutirán también en nuestra fe.
Esto planteará desafíos teológicos y pastorales que ni siquiera sospechamos. Para muestra, un botón: hoy en día la enfermedad es una experiencia humana vinculada a nuestra condición de criaturas, nos conecta con la fragilidad y finitud. A veces, nos lleva a replantearnos, incluso, el sentido de la propia vida y de nuestra misión en el mundo. Y a esa experiencia se vincula la pastoral de los enfermos y el sacramento de la Unción. Pues bien, en un futuro próximo la enfermedad dejará de ser esa experiencia humana de la que hablamos. Con el desarrollo de la nanomedicina, será solo un fallo técnico a la espera de una solución técnica. Nadie reza por un vehículo en manos del mecánico.
Por ahora, la Humanidad solo balbucea respuestas a las preguntas que ya flotan en el ambiente.
De lo único que podemos estar seguros es de la necesidad de caminar juntos.
En sus orígenes, la Diócesis conoció la unión de fuerzas y carismas entre el clero local y los misioneros religiosos y religiosas. A ellos se sumó en el último tiempo el protagonismo de laicos y laica.
Pero el futuro pide más, exige más.
El gran desafío será aprender a transitar juntos el futuro que nos depare la Historia. Solo así —en la unidad de todos los bautizados con igual responsabilidad y diversidad de ministerios— avanzaremos hacia el bicentenario de la diócesis.
Ese futuro del que hablamos ya comenzó.
Y en él, la fidelidad a Dios significa al mismo tiempo escucha, discernimiento y adaptación al cambio. En otras palabras, dejar de ser una Iglesia de templos para transitar a una Iglesia Tienda de campaña: en permanente escucha de la Palabra, discernimiento de las culturas y disposición a ir de un lugar a otro. Pues los nuevos territorios a evangelizar ya no serán únicamente zonas geográficas, sino mundos alternativos al mundo físico que conocimos hasta ahora. Pero que, sin embargo, determinarán las vidas de millones de personas.
Ese futuro ya comenzó.
Y en nombre de Dios, comencemos también nosotros una nueva era de evangelización.