
El pasado sábado 23 de julio de 2022 falleció en Tiltil Braulio Joaquín Cáceres Ramírez, a la edad de 87 años. Fue sepultado en el Parque Jardín Las Flores de Machalí el lunes 25 de julio. Braulio fue durante siete años de su vida un sacerdote en nuestra diócesis, entre los años 1967 y 1974. Braulio Joaquín fue ordenado presbítero el 18 de junio de 1964. Asesoró a las Juventudes de Acción Católica (JAC) y fue formador en el Seminario Menor de Cristo Rey de Rancagua. En Rancagua vivió en la Población San Luis.
Había nacido en La Estrella, sector costero de la Diócesis de Rancagua, el 27 de julio de 1934. Su madre siempre aseguró esta fecha como la de su nacimiento real, aunque en su documento de identidad aparece el 27 de agosto del mismo año, tal vez por una inscripción tardía en el Registro Civil. Su hijo David cuenta que en un comienzo lo celebraban en julio, pero luego empezaron a hacerlo en agosto. Su familia estaba compuesta por sus padres Joaquín Segundo Cáceres Osorio y Marta Rosa Ramírez Arrué. Se casaron en La Estrella el 24 de agosto de 1929 y vivieron en este pueblo hasta el año 1940 aproximadamente. Luego vivieron en Toquihua, Guacarhue, Zúñiga y Requínoa. Tuvieron un total de diez hijos
La vivencia del sacerdocio del padre Braulio estuvo marcada por un fuerte compromiso social, en tiempos históricos y políticos especiales en Chile, a principios de los años 70, hasta el golpe de Estado de septiembre de 1973. Quiso dar testimonio de Jesús en medio de los pobladores del sector oriente de la ciudad, en la naciente parroquia Santa Gemita, y luego con los mineros de Sewell. En el marco de la experiencia de sacerdotes obreros surgida en Europa, y particularmente en Francia, llegan a nuestra diócesis dos sacerdotes de ese país: el padre Ives Perraud en septiembre de 1971 y el padre Jean Pierre en enero de 1972. Se constituye un equipo de sacerdotes obreros, insertos en la construcción y en la vega de la ciudad. Su propósito era iluminar la pastoral del mundo obrero, reflexionar sobre su realidad y abordar la respuesta que la Iglesia debe entregar a esa realidad, abriendo la posibilidad de integrar a algunos laicos. Dejó el ministerio en 1971, después de siete años de sacerdocio, y contrae matrimonio con Eugenia González, en la Población 25 de Febrero. De esa unión nacieron sus dos hijos: David y Judith.
Al dejar el ejercicio del ministerio siguió trabajando durante varios años en el mineral El Teniente. Entre 1980 y 1988 se desempeña como profesor de Ecología y Medio Ambiente en un centro de educación campesina y en escuelas municipales de Pudahuel. En 1982 se desempeña como parte del equipo de reflexión de la Pastoral Rural en la Zona Costa de la Arquidiócesis de Santiago en el Decanato Maipo, junto a sacerdotes, religiosas y laicos. Se traslada a vivir a la comuna de Tiltil, donde crea un vivero forestal de plantas nativas. Residió en Caleu, sector de Lo Marín, la Región Metropolitana. Publicó un libro escrito en versos y titulado “Experiencias de un cura campesino”, en junio de 2019.
El padre Francisco Cáceres, que compartió su labor parroquial en Santa Gemita, da el siguiente testimonio sobre Braulio: “Fue una bonita experiencia, entregando la Buena Nueva en esos sectores y poniendo en práctica la Palabra de Dios, que ilumina a las personas en la construcción del Reino de Dios. Fueron tiempos bonitos, aunque no siempre fáciles. Y muchos fieles y agentes pastorales de ese tiempo siguen comprometidos con la Iglesia hasta el día de hoy, tanto en la parroquia como en los movimientos apostólicos, especialmente en los Cursillos de Cristiandad, que conozco más…; creo que fue un sacerdote muy consecuente con el Evangelio, muy valiente y siempre con la verdad, lo que le costó muchos sufrimientos que al final lo llevaron a dejar el ministerio. Valoro mucho su persona y su compromiso pastoral. Un hombre de Dios, tal vez muy solo y que no tuvo muchos apoyos.
Una agente pastoral de Santa Gemita guarda un recuerdo muy cariñoso y agradecido de la experiencia del padre Braulio y de los sacerdotes franceses: “eran muy cercanos a la gente, simpáticos y afables. Recuerdo que los padres visitaban a las familias y tenían mucha cercanía con las personas en general y con los niños. El padre Braulio nos visitaba en casa”.
Finalmente, otra agente pastoral evoca así su recuerdo: “lo conocí cuando llegaba en esos años donde mis abuelitos a almorzar, o tomar once, y mi mamá también lo invitaba. Lo acogieron como a un familiar ya que, por parte de mi abuelito, que era oriundo de Requínoa, se conocían con la familia de don Braulio. Él me enseñaba a conocer a Jesús, a la Virgen, a la Iglesia Católica, y también desde varias casas lo invitaban…, en todos los acontecimientos de cumpleaños y santos que celebraban en familia. Participaba como un familiar más, y donde se requería su presencia para la celebración de sacramentos iba”.
Este breve artículo es un intento de rescatar parte de nuestra historia diocesana, antes de que estos testimonios se alejen y se olviden de nuestros recuerdos. Braulio fue un cristiano sencillo, afable, consecuente, profundo, servicial y atento a la obra de Dios, a los demás y a la naturaleza.
Su familia fue testigo de la paz y de la esperanza con la que afrontó su muerte, reconciliado con Dios a través de Jesucristo, su Salvador. Prueba de ellos es este poema escrito cerca de su final terrenal y que se leyó el día de su funeral.
“Cuando yo me haya ido de este mundo,
de penas y de afanes.
Seguirá dando aromos el espino junto a mi ventana.
Allá en la ladera, seguirán creciendo los quillayes.
Cuando yo me haya ido y las mezquinas aguas del estero
ya no sacian la sed de los canelos.
Solo espero que sigan resistiendo,
porque yo no quisiera verlos muertos.
Cuando yo me haya ido, deberé retornar al suelo del cual vengo,
no pongan muchas flores, ni adornos religiosos ni cemento,
solo la tierra que me ha dado el alimento,
en ella un árbol, y así mi cuerpo le seguirá sirviendo de sustento.
Cuando yo me haya ido, no quisiera ver tanto lamento
en mis seres más queridos, porque me iré contento.
Cuando el libro de la vida sea abierto, y escuche un ángel
que me llama del Reino Eterno que me abrazará: Jesús - que me llamó desde el vientre materno.
Lo único que deseo es que nos encontremos un día
allí donde he puesto mi esperanza.
Hay que centrar todo nuestro amor
en Aquel que fue capaz de morir por cada uno de nosotros”.
Pbro. Hugo Yáñez Canales