Propiciar una cultura de diálogo y encuentro

Miércoles 30 de Noviembre del 2022
Hace 3 años, el 15 de noviembre, se firmó el Acuerdo por la Paz Social y la nueva Constitución en un ambiente muy convulsionado por el estallido social. Hoy, quisimos entrevistar a Ramón Galaz Navarro, presidente de la Comisión Justicia y Paz de la diócesis para saber sobre las repercusiones de este acuerdo en el país y el rol de la Iglesia, que ha hecho distintos llamados al diálogo y al encuentro, en este contexto social.

- ¿Cómo ha marcado este hito- la firma del Acuerdo por la Paz Social y la nueva Constitución- a la historia de nuestro país? Me parece que primero hay que convencerse de que efectivamente el Acuerdo por la Paz Social constituyó un hito en la historia del país, lo que no está demostrado: parece, y su introducción lo confirma, una reacción con algo de pánico a la convulsión social que soportaba el país cuando se suscribió. La solución a esa crisis se cimentó en un proyecto de nueva constitución, lo que mostraba ingenuidad o falta de ideas por parte de los dirigentes políticos. Se pretendía que con una respuesta jurídica se neutralizara la acción destructora de personas que demostraban violentamente su completo desprecio por el marco constitucional y legal que en ese momento regía el país. El proyecto constitucional que se sometió a la opinión del país fue rechazado por una aplastante mayoría, situación que debilitó el respaldo al Gobierno, que, con una grave falta de prudencia, comprometió su imagen con la opción Apruebo. Por otra parte, el acuerdo fue suscrito por los partidos políticos, que actualmente son organizaciones en general desprestigiadas; y las que conforman el Gobierno están fragmentadas al extremo y con diferencias doctrinarias indistinguibles para los interesados en la política, e irrelevantes por completo para el ciudadano común. El Partido Comunista de Chile, el más organizado de Apruebo Dignidad, y que actualmente cuenta con altos cargos en la administración del país, no concurrió a la firma del Acuerdo, lo que obviamente lo exime de comprometerse a que sus postulados – los del acuerdo – se concreten. Más aún, si una de sus diputadas fue la vocera de la opción Apruebo, con un devastador efecto en su imagen política. Vale decir, las posibilidades prácticas de que el Acuerdo por la Paz Social sea un hito histórico se acercan a cero. En una mirada retrospectiva, parece que la crisis de violencia se doblegó – y sólo parcialmente – respondiendo más a la plaga del Covid y a la cuarentena, que ante la perspectiva de lograr un nuevo instrumento constitucional; que además, fue saboteado por la propia convención en su exhibición de autoritarismo e intolerancia, ante los cuales la sociedad chilena al parecer aún no se rinde. - ¿Cree que hay hoy una mayor disposición al llamado que ha hecho el Papa a que prime el diálogo y se construya la paz? Considero que, desde hace tiempo, los llamados a la paz hechos por el Papa tienen un efecto muy reducido en la sociedad occidental, que tradicionalmente fue la más receptiva a sus exhortaciones. La secularización del mundo actual tiende a cerrar los oídos a los llamados de las autoridades espirituales. Le ocurre al Dalái lama y al Papa. Incluso las autoridades políticas son dejadas de lado – como el Secretario General de la ONU, por ejemplo- cuando su clamor choca con intereses políticos o militares de países poderosos. Es posible que el miedo a una confrontación con armamento nuclear pueda favorecer la receptividad a lo que diga el Papa. Ahora bien, como recordaba san Paulo VI, la paz es fruto de la justicia, y no se ven avances en ese sentido en nuestra sociedad. Fenómenos globales como la concentración económica, la inflación planetaria, la amenaza militar como argumento, la incertidumbre para las inversiones, el debilitamiento de las instituciones democráticas, alejan la justicia y por consiguiente la paz. Pero podemos esperar que el Espíritu Santo inspire al Papa para que encuentre las palabras y el momento eficaces para hacer oír su llamado. - ¿Cómo puede la Iglesia contribuir al diálogo social? Siguiendo el ejemplo de la parábola del sembrador. Esparciendo la semilla del Evangelio “a tiempo y a destiempo”; con toda la fuerza y convicción que expone san Pablo en la epístola a Timoteo. E implica, naturalmente, que la Iglesia haga suyos los instrumentos que la tecnología pone a disposición de las comunicaciones. La alarmante intrascendencia que en nuestro país caracteriza los mensajes de la Conferencia Episcopal puede estar vinculada, entre otras razones, a que desde la redacción de los documentos hasta la forma de entregarlos usan las formas de mediados del siglo XX, cuando las redes sociales no existían. Ciertamente, el clericalismo sigue siendo un caparazón que dificulta enormemente la agilidad con que la Iglesia podría contribuir al diálogo social. Respecto de todos los temas que dificultan el avance hacia una sociedad más justa – resumidos en la pregunta anterior -, hay numerosos expertos laicos que sobre sólidos fundamentos técnicos podrían contribuir a que la voz de la Iglesia sea mejor recibida por la sociedad contemporánea. - ¿Cree que existen condiciones para que exista una “cultura del encuentro” en nuestra sociedad? Siempre hay condiciones para una cultura de encuentro. Creo que en la vocación más íntima del ser humano hay una disposición natural al encuentro, a la fraternidad, a la vida comunitaria. Sus fundamentos están en la Trinidad, encuentro permanente entre tres personas divinas, y en la afirmación categórica de que “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2, 18). El problema radica en que el pecado - ya sea personal, antropológico, estructural, o cualquiera otro - introduce la división y la violencia. Caín expresa con brutalidad el extremo al que se puede llegar en la cultura del desencuentro (Gn 4, 8). Podemos ponerle el nombre que queramos al pecado social actual: capitalismo salvaje, comunismo totalitario, populismo antidemocrático, o el que sea, pero cada una de las formas de organización política que no se cimenten sólidamente en parámetros de justicia, de paz, de respeto al otro – a su vida, a sus convicciones – está condenada, como la historia lo demuestra, a volverse injusta, totalitaria, o ambas. La receta más realista para no incurrir en ese estado es el diálogo, el encuentro. Eso es válido para la sociedad chilena, para Latinoamérica y para el mundo. Es universal porque responde a un atributo del ser humano, independientemente de las categorías de nacionalidad, origen racial o convicciones políticas.