Este domingo 13 de julio, en Chile celebramos a Santa Teresa de los Andes. Hija predilecta de la Iglesia chilena.
El Pueblo de Dios peregrino encuentra en ella una guía para su caminar hacia la meta de la Jerusalén celestial.
En sus breves escritos autobiográficos nos ha dejado el testamento de una santidad sencilla y accesible, centrada en lo esencial del Evangelio: amar, sufrir, orar, servir.
El secreto de su vida volcada hacia la santidad está cifrado en una familiaridad con Cristo, presente y amigo, y con la Virgen María, Madre cercana y amorosa.
Teresa de Los Andes experimentó desde muy niña la gracia de la comunión con Cristo, que se fue desarrollando progresivamente en ella con el encanto de su juventud, llena de vitalidad y de jovialidad; en la que no faltó, como hija de su tiempo, el sentido del sano esparcimiento y del deporte, el contacto con la naturaleza. Era una joven alegre y dinámica; una joven abierta a Dios. Y Dios hizo florecer en ella el amor cristiano, abierto y profundamente sensible a los problemas de su patria y a las aspiraciones de la Iglesia.
El secreto de su perfección, como no podía ser menos, es el amor. Un amor grande a Cristo, por quien se siente fascinada y que la lleva a consagrarse a él para siempre, y a participar en el misterio de su pasión y de su resurrección. Siente a la vez un amor filial a la Virgen María que la inclina a imitar sus virtudes.
Sí. Como dice Teresa de Los Andes: «Jesús es nuestro gozo infinito”. Por eso es un modelo de vida evangélica para la juventud de Chile. Ella, que llegó a practicar con heroísmo las virtudes cristianas, transitó los años de su adolescencia y de su juventud en los ámbitos normales de una joven de su tiempo: en su vida de cada día se ejercitó en la piedad y en la colaboración eclesial como catequista, en la escuela, entre sus amigos y amigas, en las obras de misericordia, en los momentos de solaz y de recreo.
Su vida ejemplar se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la inteligencia viva, de la delicadez premurosa, de la capacidad creadora del pueblo chileno. En ella se expresa el alma y el carácter de vuestra patria y la perenne juventud del Evangelio de Cristo, que entusiasmó y atrajo a Sor Teresa de Los Andes.
Teresa de Los Andes irradia la dicha de la pobreza de espíritu, la bondad y mansedumbre de su corazón, el sufrimiento escondido con que Dios purifica y santifica a sus elegidos. Ella tiene hambre y sed de justicia, ama a Dios intensamente y quiere que Dios sea amado y conocido por todos.
Dios la hizo misericordiosa en su inmolación total por los sacerdotes y por la conversión de los pecadores; pacífica y conciliadora, sembrando a su alrededor la comprensión y el diálogo. En ella se refleja, sobre todo, la bienaventuranza de la pureza de corazón. En efecto, se entregó a Cristo totalmente y Jesús le abrió los ojos a la contemplación de sus misterios.
Dios le concedió, además, gustar el gozo sublime de vivir anticipadamente en la tierra la bienaventuranza y la alegría de la comunión con Dios en el servicio al prójimo.
Éste es su mensaje: Sólo en Dios se encuentra la felicidad; sólo Dios es alegría infinita. ¡Joven, descubre en Sor Teresa la alegría de vivir la fe cristiana hasta sus últimas consecuencias! ¡Tómala como modelo!
Dios les bendiga
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua