Muy queridos amigos y amigas.
Quisiera compartir con ustedes el Evangelio que escucharemos en las misas de este domingo. Es la Palabra de Dios, esa Palabra que hace unas semanas les pedí y animé a leer con más tranquilidad, con más tiempo y dedicación, especialmente en este tiempo de vacaciones. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”, y su Palabra será para nosotros como un aire fresco que renueva nuestras vidas.
Atiendan a lo que nos dice Jesús: “Ustedes son la sal de este mundo; pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada y se la tira a la calle para que la gente la pisotee. Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón. Al contrario, se la pone en lo alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo”.
Hermoso es lo que el Señor nos dice: ustedes son sal, ustedes son luz. No dice “ustedes están llamados a ser” sal y luz, sino que afirma que ya lo son. Al pensar en la sal, ¿cómo no recordar a nuestros hermanos y hermanas de Cáhuil, cerca de nuestra costa, que trabajan produciendo sal? Esa sal que usamos para dar sabor a los alimentos, esa sal necesaria para la vida, esa sal que nos permite disfrutar los dones que el Señor nos regala. Jesús nos invita a hacer eso mismo en medio del mundo. Así como la sal se diluye en los alimentos y les da sabor, también tú y yo estamos llamados a “diluirnos” un poco en nuestro mundo y en nuestros ambientes. No se trata de imponernos, sino de estar presentes de una manera que se note y se valore, porque nuestra presencia es necesaria. Y lo es a través de la palabra, del ejemplo, de la compañía y de la cercanía.
Estamos llamados a dar sabor, a evitar que nuestro mundo se pierda, a ayudar a que se conserve. Esa es la misión del cristiano. Del mismo modo, el Señor nos dice que somos la luz del mundo: no una luz que deslumbra o enceguece, sino una luz que ilumina el camino, que orienta con suavidad y permite avanzar con esperanza.
Eso es lo que estamos llamados a hacer con nuestra palabra y con nuestro ejemplo, en la vida de nuestra familia y en los ambientes donde nos toca movernos. ¡Cuánta confianza tiene el Señor en cada uno de nosotros! Qué misericordiosa y positiva es su mirada hacia ti y hacia mí. Tú eres luz y tú eres sal. No perdamos esa vocación que el Señor ha puesto en nuestro corazón y en nuestra vida: servir, animar, sostener y ayudar a que las cosas puedan ser un poco mejores.
Jesús nos dice finalmente: “Que brille la luz que hay en ustedes”. Él, que es la luz del mundo, nos recuerda también: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. El que es la Luz nos mira y nos vuelve a decir que dejemos brillar la luz que hay en nosotros.
No olvidemos esa luz: los talentos, las cosas buenas que Dios ha colocado en cada uno y que, si sabemos usar, iluminarán, mostrarán el camino, sostendrán lo bueno y permitirán que otros se alegren y glorifiquen a Dios, porque mantendrán viva la esperanza.
Si las personas ven en ti, en mí, en todos nosotros, a hombres y mujeres que son luz y sal, que muestran camino y dan sabor, podrán mantener la esperanza y la confianza en el ser humano. Hay mucha gente buena, hay mucha gente haciendo el bien; no todo está perdido. Acojamos entonces la Palabra de Dios con alegría este domingo y guardemos en el corazón la confianza que Dios tiene en nosotros, tratando de seguir siendo luz y sal. El mundo nos necesita y Jesús, el Señor, confía en que podremos colaborar en seguir haciendo el bien.
Virgen de Lourdes
Les recuerdo que la próxima semana celebraremos una fiesta importante en nuestra vida de fe. El próximo miércoles 11 de febrero será la fiesta de la Virgen de Lourdes. En Rancagua se encuentra la Gruta de Lourdes en Baquedano, en la parroquia Cristo Rey y también en la parroquia San Francisco. En cuántas parroquias más y en cuántos campos hay grutas levantadas con cariño a la Virgen, que bajo el título de Lourdes nos recuerda que el Señor siempre está cerca y que María, como buena Madre, nos ayuda a no olvidar lo esencial: que estamos llamados a ser sal, a ser luz y a dar esperanza.
Encontrémonos entonces en nuestras grutas este 11 de febrero y, junto a la Virgen, alabemos y glorifiquemos al Señor.
Que Dios les bendiga.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua